Archive for Junio, 2009

El remedio del amor

Ovidio
El remedio del amor

Habiendo leído el Amor el título de esta obra, dijo: «Es la
guerra, lo veo, es la guerra con lo que se me amenaza.» ¡Oh
Cupido!, no achaques semejante maldad al poeta que, sumiso a
tus órdenes, enarboló en cien ocasiones el estandarte que le
habías confiado.

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El Anticristo

Federico Nietzsche
El Anticristo

Este libro está hecho para muy pocos lectores. Puede que no viva aún ninguno de ellos. Esos podrían ser los que comprendan mi Zaratustra: ¿acaso tengo yo derecho a confundirme con aquellos a quienes hoy se presta atención? Lo que a mi me pertenece es el pasado mañana. Algunos hombres nacen póstumos.

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Los Templarios Tomo I

Juan de Dios Mora
Los Templarios Tomo I

Era una noche fría y lóbrega de uno de los últimos años del siglo XIII.
Toda la creación yacía sumergida en silencio, tinieblas y sueño, como si los resortes de la vida y del Universo se hubiesen paralizado. Entre las negras brumas de esta noche de invierno, se divisaban, en la cumbre de un alto y fragoso monte, dos masas imponentes, dos monstruos de fantásticos contornos, dos gigantes de piedra, que frente a frente parecían contemplarse silenciosos y amenazadores. Eran dos vastos edificios, colocado el uno a muy corta distancia del otro. El primero era un castillo de los más fuertes e inexpugnables; el segundo era una iglesia dedicada a Nuestra Señora de la Concepción. Ambos edificios pertenecían a la poderosa, acatada y temida orden de los caballeros Templarios.

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El libro de los cinco anillos

Musashi Miyamoto
El libro de los cinco anillos

De acuerdo con sus propios escritos, Musashi comenzó a comprender el camino de la Estrategiacuando alcanzó los 50 años de edad. Junto con su hijo adoptivo Iori, un huérfano que había encontrado en sus viajes, se asentó en Ogura en el año 1634. No volvió a salir nunca de la isla de Kyushu.

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La esclavitud femenina

John Stuart Mill
La esclavitud femenina

Hallábame en Oxford el año pasado mientras celebraba sus sesiones la Asociación británica para el adelanto de la cultura, y entre los contados estudiantes que aún quedaban, topé con un inglés, hombre de buen entendimiento, de esos a quienes se les habla sin ambajes.

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El Paraíso Perdido

John Milton
El Paraíso Perdido

Este primer libro contiene, en breves palabras, la exposición o asunto de todo el Poema: La Desobediencia del Hombre; y como consecuencia de ella, la pérdida del Paraíso donde moraba. Indícase también que elprimer móvil de su caída fue la Serpiente o más bien Satanás, personificado en ella; el cual, rebelándosecontra Dios y atrayendo a su partido numerosas legiones de ángeles fue, por disposición divina, arrojadodel cielo y precipitado con toda su hueste al profundo abismo.

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Sobre el agua

Guy de Maupassant
Sobre el agua

El verano pasado había alquilado una casita de campo a orillas del Sena, a varias leguas de París, e iba a dormir allí todas las noches. Después de unos días conocí a uno de mis vecinos, un hombre de unos treinta a cuarenta años, que desde luego era el tipo más raro que había visto nunca.

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La burguesía y la contrarevolución

Karl Marx
La burguesía y la contrarevolución

Después del diluvio de Marzo  —un diluvio en miniatura— loque quedó en la superficie de Berlín no fueron unos titanes ni unos colosos revolucionarios, sino unas criaturas de viejo estilo, unas figuras burguesas achaparradas: los liberales de la Dieta unida  que representaban a la burguesía prusiana consciente.

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Abdala

José Martí
Abdala

ABDALA, UN SENADOR y CONSEJEROS
SEN. Noble caudillo: a nuestro pueblo llega
Feroz conquistador: necio amenaza.
Si a su fuerza y poder le resistimos,
En polvo convertir nuestras murallas:
Fiero pinta a su ejército, que monta
Nobles corceles de la raza arábiga;
Inmensa gente al opresor auxilia
Y tan alto es el número de lanzas
Que el enemigo cuenta, que a su vista
La fuerza tiembla y el valor se espanta.
¡Tantas sus tiendas son, noble caudillo,
Que a la llanura llegan inmediata,
Y del rudo opresor ¡oh Abdala ilustre!
Es tanta la fiereza y arrogancia,
Que envió un emisario reclamando
-¡Rindiese fuego y aire, tierra y agua!

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El ahogado

Baldomero Lillo
El ahogado

Sebastián dejó el montón de redes sobre el cual estaba sentado y se acercó al barquichuelo. Una vez junto a él extrajo un remo y lo colocó bajo la proa para facilitar el deslizamiento. En seguida se encaminó a la popa, apoyó en ella su espalda y empujó vigorosamente. Sus pies desnudos se enterraron en la arena húmeda y el botecillo, obedeciendo al impulso, resbaló sobre aquella especie de riel con la ligereza de una pluma.

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