UN ASESINATO

Anton Chejov
Un Asesinato

En la estación de Progónnais se estaban celebrando las vísperas. Ante la gran imagen pintada con vivos colores sobre fondo de oro, se agrupaban los empleados de ferrocarriles con sus mujeres e hijos, y también los leñadores y aserradores que trabajaban en las inmediaciones, a lo largo de la línea. Todos se mantenían en silencio, fascinados por el   brillo de las luces y los aullidos de la nevasca que, cuando nadie la esperaba, se había desatado a pesar de estar ya en vísperas de la Anunciación. Oficiaba el viejo sacerdote de Vedeniápino y el canto corría a  cargo del salmista y de Matvei Teréjov

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LA BOTICARIA

La Boticaria
Anton Chejov

La pequeña ciudad de B., que componen dos o tres torcidas calles, duerme con sueño profundo. En el aire, inmóvil, reina el silencio. Sólo se oye a lo lejos, ya en las afueras, el débil y ronco ladrido de un perro. Pronto amanecerá. Hace mucho que todo está sumido en el sueño. La única que no duerme es la joven esposa de Chernomórdik, el boticario. Se ha acostado tres veces, pero, sin saber la causa, no consigue dormirse. Está sentada ante la ventana abierta, en camisón, y mira la calle.

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EL CAMALEON

El Camaleón
Anton Chejov

El inspector de policía Ochumélov, con su capote nuevo y un hatillo en la mano, cruza la plaza del mercado. Tras él camina un municipal pelirrojo con un cedazo lleno de grosellas decomisadas. Entorno reina el silencio… En la plaza no hay ni un  alma… Las puertas abiertas de las tiendas y  tabernas miran el mundo melancólicamente, como fauces hambrientas; en sus inmediaciones no  hay ni siquiera mendigos.

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GENTE SOBRANTE

Gente sobrante
Anton Chejov

Son las seis de la tarde de un día del mes de junio. Desde el apeadero de Jikovo y en dirección a la colonia veraniega marcha un grupo de veraneantes recién bajados del tren. Son, en su mayor parte, padres de familia, y van cargados de paquetes, carteras, sombrereras y esas cajas de cartón que guardan las creaciones de la moda femenina. Todos presentan un aspecto cansado, hambriento y malhumorado, como si para ellos no brillara el sol ni floreciera la hierba

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KASHTANKA

Katashka
Anton Chejov

Un perro joven y canelo -un chucho de raza indefinida-, de morro muy parecido al de una raposa, corría adelante y atrás por la acera y miraba inquieto a los lados. De tarde en tarde se detenía y, con lastimero aullido, levantaba ya una, ya otra de sus heladas patas, tratando de comprender cómo había podido perderse.

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EL TALENTO

El Talento
Anton Chejov

El pintor Yegor Savich, que se hospeda en la casa de campo de la viuda de un oficial, está sentado en la cama, sumido en una dulce melancolía matutina.

Es ya otoño. Grandes nubes informes y espesas se deslizan por el firmamento; un viento, frío y recio, inclina los árboles y arranca de sus copas hojas amarillas. ¡Adiós, estío!


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Una pequeñez

Anton Chejov
Una pequeñez

Nicolás Ilich Beliayev, rico propietario de Pertersburgo, aficionado a las carreras de caballos, joven aún -treinta y dos años-, grueso, de mejillas sonrosadas, contento de sí mismo, se encaminó, ya anochecido, a casa de Olga Ivanovna Irnina, con la que vivía, o, como decía él, arrastraba una larga y tediosa novela. En efecto: las primeras páginas, llenas de vida e interés, habían sido saboreadas, hacía mucho tiempo, y las que las seguían
sucedíanse sin interrupción, monótonas y grises.

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Vecinos

Anton Chejov
Vecinos

Piotr Mijáilich Ivashin estaba de muy mal humor: su hermana, una muchacha soltera, se había fugado con Vlásich, que era un hombre casado. Tratando de ahuyentar la profunda depresión que se había apoderado de él y que no le dejaba ni en casa ni en el campo, llamó en su ayuda al sentimiento de justicia, sus honoradas convicciones (¡porque siempre había sido partidario de la libertad en el campo!), pero esto no le sirvió de nada, y cada vez, contra su voluntad, llegaba a la misma conclusión: que la estúpida niñera, es decir, que su hermana había obrado mal y que Vlásich la había raptado.

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Zinochka

Anton Chejov
Zinochka

El grupo de cazadores pasaba la noche sobre
unas brazadas de fresco heno en la isla de un simple
mujik. La luna se asomaba por la ventana, en la calle
se oían los tristes acordes de un acordeón, el heno
despedía un olor empalagoso, un tanto excitante.
Los cazadores hablaban de perros, de mujeres, del
primer amor, de becadas

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Cirugía

Anton Chejov
Cirugía

Estamos en un hospital del zemstvo. A falta de
doctor, que se ausentó para contraer matrimonio,
recibe a los enfermos el practicante Kuriatin. Es un
hombre grueso que ronda los cuarenta; viste una
raída chaqueta de seda cruda y unos usados pantalones
de lana.

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