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El niño estrella

El niño estrella
Oscar Wilde

Éranse una vez dos pobres leñadores que regresaban a su casa por un gran pinar. Era invierno y hacía una noche de frío crudísimo. La nieve se extendía espesa sobre la tierra y sobre las ramas de los árboles:

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El abanico de Lady Windermere

El abanico de Lady Windermere
Oscar Wilde

Desde el comienzo, la revista concibió los objetos de que se ocupaba como objetos económico-sociales.

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El principe feliz

El principe feliz
Oscar Wilde

En la parte más alta de la ciudad, sobre una columnita, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz.
Estaba toda revestida de madreselva de oro fino. Tenía, a guisa de ojos, dos centelleantes zafiros y un gran rubí rojo ardía en el puño de su espada.

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El amigo abnegado

El amigo abnegado
Oscar Wilde

Una mañana, la vieja rata de agua sacó la cabeza fuera de su madriguera. Tenía ojos brillantes como bolas de cristal e hirsutos bigotes grises, y su rabo parecía una larga tira de goma negra…

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Una mujer sin importancia

Una mujer sin importancia
Oscar Wilde

LADY CAROLINE.––Creo que ésta es la primera casa de campo inglesa en la que vive usted, ¿verdad, miss Worsley?
HESTER.––Sí, lady Caroline.
LADY CAROLINE.––Me han dicho que tienen ustedes casas de campo en América.

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El Pescador y su Alma

Oscar Wilde
El Pescador y su Alma

Todas las tardes el joven Pescador se internaba en el mar, y arrojaba sus redes al agua. Cuando el viento soplaba desde tierra, no lograba pescar nada, porque era un viento malévolo de alas negras, y las olas se levantaban empinándose a su encuentro. Pero en cambio, cuando soplaba el viento en dirección a la costa, los peces subían desde las verdes honduras y  se metían nadando entre las mallas de la red y el joven Pescador los llevaba al mercado para venderlos. Todas las tardes el joven Pescador se internaba en el mar. Un día, al recoger su red, la sintió tan pesada que no podía izarla hasta la barca. Riendo, se dijo:

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Poemas en prosa

Oscar Wilde
Poemas en prosa

Una tarde, le vino al alma el deseo de dar forma a una imagen del Placer que se posa un instante. Y se fue por el mundo a buscar bronce, pues sólo en bronce podía concebir su obra. Pero había desaparecido el bronce del mundo entero; en parte alguna del mundo entero podía encontrarse bronce, salvo el bronce sólo de la imagen del Dolor que dura para siempre. Era él quien había forjado esta imagen con sus propias manos, y la había puesto sobre la tumba de lo único que había amado en la vida. Sobre la tumba de lo que más había amado en la vida y había muerto había puesto esta imagen hechura suya, como prenda y señal del amor humano que no muere nunca, y
como símbolo del dolor humano que dura para siempre. Y en el mundo entero no había más bronce que el bronce de esta imagen.

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De Profundis

Oscar Wilde
De Profundis

Querido Bosie: Después de larga e infructuosa espera, he decidido escribirte
yo, tanto por ti como por mí, pues no me gustaría pensar que he pasado dos largos años de prisión sin recibir de ti ni una sola línea, ni aun noticia ni mensaje que no me dieran dolor.  Nuestra infausta y lamentabilísima amistad ha acabado en ruina e infamia pública para mí, pero el recuerdo de nuestro antiguo afecto me acompaña a menudo, y la idea de que el aborrecimiento, la amargura y el desprecio ocupen para siempre ese lugar de mi corazón que en otro tiempo ocupó el amor me resulta muy triste; y tú mismo sentirás.

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El ruiseñor y la rosa

Oscar Wilde
El ruiseñor y la rosa

—Ella me prometió que bailaría conmigo si le llevaba rosas rojas —murmuró el Estudiante—; pero en todo el jardín no queda ni una sola rosa roja.
El Ruiseñor le estaba escuchando desde su nido en la encina, y lo miraba a través de las hojas; al oír esto último, se sintió asombrado.
—¡Ni una sola rosa roja en todo el jardín! —repitió el Estudiante con sus ojos llenos de lágrimas—. ¡Ay, es que la felicidad depende hasta de cosas tan pequeñas! Ya he estudiado todo lo que los sabios han escrito, conozco los secretos de la filosofía y sin embargo, soy desdichado por no tener una rosa
roja.

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Una casa de Granadas

Oscar Wilde
Una casa de Granadas

Era la noche que precedía al día fijado para la coronación, y el joven rey estaba solo en su hermoso aposento. Sus cortesanos se habían despedido todos de él, inclinando la cabeza hasta el suelo, conforme a la costumbre ceremoniosa de la época, y se habían retirado al gran salón de palacio para recibir unas últimas lecciones del maestro de ceremonias, habiendo entre ellos algunos que todavía tenían modales completamente naturales, lo que en un cortesano, apenas necesito decirlo, es una ofensa muy grave.

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